viernes, 30 de septiembre de 2016

Melchor Rodríguez El ángel rojo

Película documental sobre Melchor Rodriguez recientemente estrenada
El ayuntamiento de Madrid acaba de aprobar por unanimidad poner el nombre de una calle de la capital de España al único alcalde que no la tenía: MELCHOR RODRIGUEZ. Por eso. Nos alegramos de corazón. Un hombre integró, un militante obrero, fiel a sus ideas hasta el final de sus días, pero que sin embargo esas mismas ideas no fueron causa dedivisión, sino de conciliación y reconciliación. Conocer su figura es hoy más importante que nunca. Ponemos en este post una semblanza suya que escribí hace ya unos años


Melchor Rodríguez nació en el sevillano barrio de Triana en 1893. Tempranamente se quedo huérfano de padre al fallecer este en un accidente en los muelles del Guadalquivir. El hogar desamparado de paternidad, quedaba reducido a la miseria y al trabajo de su madre, cigarrera y costurera en diversas casas sevillanas. Había de educar a tres hijos.

Melchor curso estudios primarios en la escuela del asilo. A los trece años trabaja como calderero. Envuelto en la pobreza, ve en los ruedos un camino para sacudirse la miseria, y movido por se afán abandona su casa y empieza una gira de capea en capea. En la enciclopedia taurina Cossio, se cita a Melchor como el único que alternó la lidia de reses bravas con las actividades políticas.

Pronto abandonará está experiencia y roto por una cornada, acabará en Madrid trabajando como chapista. Allí entra en contacto con los círculos libertarios, teniendo el carné nº 3 de la Agrupación Anarquista de la Región Centro, y llegando a ser el presidente del sindicato de carroceros. En las filas de la CNT comienza una lucha a favor de los derechos de los presos, incluso de los presos de ideologías contrarias,  lo que le hace merecedor de encontrarse tras las rejas en multitud de ocasiones a lo largo de la monarquía incluso durante la República.

Comenzada la guerra civil española, es nombrado director general de prisiones, pues conocía a los funcionarios de prisiones y las cárceles como su propia casa. Tomó posesión el 17 de noviembre de 1936.

Su valentía y humanidad van a ser decisivos para atajar los crímenes masivos que en nombre de las organizaciones obreras y de la llamada Revolución se estaban cometiendo en el bando republicano. En especial se muestra dispuesto a acabar con los asesinatos masivos que los comunistas, con el joven Santiago Carrillo a la cabeza, estaban llevando cabo en las cárceles de Madrid. Ante los horrorosos acontecimientos que descubre, se ve obligado a dimitir de su cargo. Pero el Gobierno que ya había huido a Valencia, no sólo no admite su renuncia, sino que le dan plenos poderes. Gracias a esto paraliza las masacres, y las cárceles dejarán de ser una pesadilla, para convertirse en un lugar seguro…hasta el 1 de marzo de 1937, en el que el nuevo gobierno del socialista títere de los comunistas, Negrín lo destituye.

 Apenas había durado tres meses en el cargo, pero ese tiempo había bastado para salvar miles de vidas, que desde entonces lo conocerían con el apelativo cariñoso del “ángel rojo”. Muchos de su correligionarios, sin embargo le acusaban de ser el ángel traidor, pues incluso en esos terribles años de ceguera sectaria, para Melchor, toda vida humana era sagrada. No le perdonaron que salvará a Raimundo Fernández Cuesta (nº 2 de Falange), a Muñoz Grandes (el general de la División Azul), a Javier Marín Atajo (diputado de la CEDA), a los hermanos Quintero (famosos comediógrafos)… En 1938 se jugó el cuello por permitir que en el funeral de Serafín Álvarez Quintero se exhibiera un crucifijo, cumpliendo la última voluntad del finado. Fue el único crucifijo que se exhibió en público en el Madrid rojo.

Pero el episodio, por el cual hasta la Asamblea de las Naciones Unidas le ha distinguido, sucedió el 8 de diciembre de 1936 en la cárcel de Alcalá de Henares: dos días antes se habían asesinado a los 319 presos de la cárcel de Guadalajara. Tras un bombardeo del ejército nacional en Alcalá, de nuevo la consigna se apoderó de las masas enfervorecidas: A la prisión, a no dejar un preso con vida. El alcalde y el director de la prisión se consideraron impotentes para frenar a la milicia de obreros. Cuando ya estaban a punto de abrir las celdas, se presentó Melchor dispuesto a parar esa locura. Se interpuso con su cuerpo, y gritando que sí alguien quisiera matar a un solo preso, primero tenía que acabar con él. Tras horas de discusión, amenazas de muerte contra él, y apuntándole todos los fusiles consiguió disolver a los violentos. Ese día salvó la vida de 1532 personas. Recibió el reconocimiento de multitud de embajadas de países europeos e Iberoamericanos, incluso de D. Juan de Borbón.

Tras su destitución por los comunistas  fue nombrado delegado de cementerios, trabajo que como todos los suyos, se tomó muy en serio. El mismo revisaba los nichos y sepulturas. Con la entrada de las tropas de Franco, y a pesar de disponer de coche, por su cargo oficial, se quedó en Madrid. En noviembre de 1939 fue juzgado por un consejo de guerra. Incluso el fiscal resaltó sus grandes virtudes cristianas. Pero la Injusticia franquista fue implacable. Condenado a muerte por Franco, la petición de clemenencia de muchos de los que había salvado, hizo que se lo conmutaran por 25 años a la sombra, de los que finalmente paso seis años de cárcel. Después vivió modestamente como empleado de seguros, rechazando toda ayuda económica. En una ocasión quisieron remunerarle por el acierto de Melchor en un slogan que anunciaba anís. No aceptó ningún cheque. Acogió en su modesto piso a un banderillero y su mujer, amigos de juventud que se habían quedado en la ruina.


Un día, al volver a casa, encontraron a Melchor desmayado y caído en el suelo, con una herida en la cabeza. Lo trasladaron al Hospital Francisco Franco, y allí fue a verle su amigo Javier Martín Artajo (Ministro de asuntos exteriores). Cuando Melchor recobró la lucidez charlaron largo rato. Martín Artajo llevaba una corbata con los colores anarquistas, y también un crucifijo. Al final de la conversación, Melchor Rodriguez besó la imagen. Descansó en paz en 1973. Su entierro, sencillo,  tuvo rango de funeral de Estado, con presencia de ministros, anarquistas, jerarcas del régimen, ex-presos de varias ideologías y supervivientes de las cárceles del 36. Sobre su ataúd cubierto con la bandera anarquista y con un Crucifijo, se rezó un Padrenuestro multitudinario y se cantó el himno anarquista, con la hermosa música de la varsoviana: “Negras tormentas agitan los aires…”

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